Aqueste amigo mío del treballo, Bud, nus invitó, a Fran y a mí, a cenar. Xo no conocía sua mujer y él no conocía Fran. Estábamos igualados. Perón Bud y xo éramos amigos. Y xo sabía que a casa de Bud había-y un neno petito. Aqueste neno debía tenere oxo meses cuando Bud nus invitó a cenar. ¿Ónde han ido a parar aquellos oxo meses? Demonio!, quén se ha hecho, del tiempo de aloras encá? Recuerdu el día que Bud trajo una capsa de cigars al treballo y nus ofreció cuando éramos al comedor. Eran cigars comprados al drugstore. Masters holandeses. Perón cada cigar tenía una etiqueta vermeja y un envolcallo que decía-y: ES UN NENO! Xo no fumaba cigars perón coyí un.
—Coye un par —dijo Bud, todo agiteando la capsa—. A mí tampoco no me gustan los cigars. Ha estado idea de ella.
Se refería a sua mujer. Olla.
No conocía la mujer de Bud perón una había oído sua voz por telefón. Era un sábado a la véspera y no se me acudía nada por hacer. Asín que truqué a Bud por vere si él quería hacer alguna cosa. Sua mujer coyió el telefón y dijo «digui». Se me quedó la mente en blanco y no pude recordar su nombre. La mujer de Bud. Bud me había dicho el nombre innombrables vecces. Perón me entraba por una oreja y me surtía por la oltra. «Digui!», volvió a decir la mujer. Oí que la tele estaba enchegata. Després la mujer dijo: «Quién es?». Oí un neno que comenzaba a llorar. «Bud!», exclamó la mujer. «Quién?», oí que decía Bud. Continuaba sin recordarme de su nombre y, por tanto, colgué. Cuando viu Bud al treballo després de eso, evidentemente no le dije que había trucado. Perón me entesté a hacerle decir el nombre de sua mujer. Olla, me dijo. Olla, me dije xo a mí mismo. Olla.
—Nada de especial— dijo Bud. Éramos al comedor tomando cafén—. Sólo nosoltres cuatro. Tú y tua parienta, y xo y Olla. Nada extraordinario. Venid hacia allá las siete. El neno come a las seis. Després lo pondrá a dormir y aloras cenaremos. No es difícil encontrar casa nuestra. Perón aquí tienes un mapa.
Me dio un hojo de papel cum todo tipus de líneas indicando las carreteras principales y secundarias, caminos y similares, cum fletxas que aseñalaban los cuatro puntos de la brújula. La localitzación de la casa aseñalata cum una gran X.
—Nus complacerá mucho venire— dije xo.
Perón a Fran no le hacía tanta illusión.
Aquella noche, todo mirando la televisión, le pregunté si creía que debíamos llevar alguna cosa a casa de Bud.
—Como quén? —dijo Fran—. Te dijo de llevar alguna cosa? Cómo puedo saberlo xo? No tengo ni idea.
Arronzó las espallas y me miró de aquella manera. Ella me había oído hablar de Bud. Perón no lo conocía y no tenía ningún interéis a conocelo.
—Podríamos llevar una ampolla de vino —dijo—. Perón a mí tanto se me da. Por quén no llevas vino?
Movió la cabeza. Los cabellos largos le iban de un lado al oltro sobre las espallas. «Por quén necesitamos la oltra gente?», asemejaba estar diciendo. «Nus tenemos el un al oltro.»
—Ven aquí —dije.
Se acercó una mija y pude abrazarla. Fran es como un gran bacín de agua. Tiene unos cabellos blondos que le caen por las espallas. Coyí un vellón de cabellos y lo ensumí. Escondí la mano en sus cabellos. Me dejó abrazarla. Enhundí la cara en sus cabellos y la abracé más fuerte.
De vecces, cuando le molestan los cabellos, tiene que coyerlos y tirárselos hacia enatrás. Se pone muy nerviosa.
—Aquestos cabellos —dice—. Sólo traen problemas.
Fran trabaja a una lechería y tiene que ligarse los cabellos a la cabeza cuando va a trabajar. Se los tiene que enjuagar cada noche y peinárselos mientra miramos la televisión. De tanto en tanto me amenata de cortárselos. Perón no creo que lo hagui. Sabe que a mí me gustan demasiado. Sabe que me vuelven bobo. Xo le digo que si se los corta podría dejar de quererla. Xo le digo que me enamoré de ella polos cabellos. De vecces le digo «sueca». Podría pasar por sueca. Aquella éupoca, a las noches, mientra ella se peinaba, expresábamos juntos en voz alta las cosas que deseábamos tenere. Queríamos un cotxe, era una de las cosas que deseábamos. Y deseábamos podernos pasar un par de setmanas al Canadá. Perón una de las cosas que no deseábamos eran nenos. Tal vez algún día, nus deicíamos el un al oltro. Perón aloras, estábamos esperando. Algunas noches íbamos al cine. De oltras en quedábamos a casa y mirábamos la televisión. De vecces Fran hacía pasteles para mí y nus comíamos todo lo que había de una sola sedentata. Pensábamos que podíamos continuar esperando.
—Quién sabe si beben vino —dije xo.
—Lleva de todas maneras —dijo Fran—. Si no beben ellos, xa nus lo beberemos nosoltres.
—Blanco o negro?
—Podríamos llevar alguna cosa dulce —dijo sin hacerme ninguna mena de caso—. Perón a mí me da igual si no llevamos nada. Es cosa tua. Te ruegu que no haguis un gran quén porquén sinó no y-voy. Podría hacer unas pastas de té o un pastel de gerdones.
—Xa tendrán postres —dije xo—. Si invitas alguien a cenar xa piensas en las postres.
—Tal vez tendrán arroz cum leche. O Jell-O! O alguna cosa que no nus gusti —dijo ella—. No sé nada de aquella mujer. Cómo quieres que sépiga quén nus dará? Quén pasa si nus da Jell-O?
Fran movía la cabeza afirmativamente. Xo me arroncé de espallas. Perón ella tenía razón.
—Aquellos cigars viejos que te dio —agregó—. Cóyelos. Asín, després de cenar, us podéis ir tú y él a la sala a fumar cigars y beber porto, o lo que sigui aquello que bebe la gente a las pellículas.
—Muy bien, iremos-y sin nada —dije xo.
—Haré un pan y se lo llevaremos —dijo Fran.
Bud y Olla vivían a unas veinte millas de la ciudad. Hacía tres años que Fran y xo vivíamos en aquella ciudad perón, quén demonios, no habíamos ido a hacer ni una puñetera vuelta polo campo. Era agradable conducir por aquellas carreteras llenas de revueltos. Todavía no era oscuro, un atardecer tranquilo y cálito, y viumos pastos, tancas, vacas de leche que se encaminaban poco a poco hacia viejos establos. Viumos mirlos de alas rojas encima las tancas y palomas haciendo vueltas a la pajiza. Había jardines y cosas asín, plantas silvestres floridas y petitas casas apartatas de la carretera.
—Tanto de bueno que tuviésimos una casa aquí —dije.
No era nada más que un pensamiento, oltro deseo que nunca no se cumpliría. Fran no dijo nada. Estaba atarejata mirando el plánol de Bud. Llegamos a la crucilla de cuatro carreteras que había aseñalado. Giramos a la derecha, tal como decía el plánol y hicimos exactamente trenta-y-tres millas. A la izquierda de la carretera viu-y un campo de trigo, una hucha y una avenida larga y cum grava. A la fin de la avenida, al detrás de algunos árbroles, había una casa cum un porxo a la entrata. Encima del tejato, se veya-y una xemeneya. Perón éramos al verano y, por tanto, no surtía humo. Perón encontré que era una estampa encantadora y lo dije a Fran.
—Asemeja un campamento de rodamundos —dijo ella.
Giré por la avenida. A los duos lados, crecía-y trigo. El trigo era más alto que el cotxe. Notaba la grava que se rebregaba so los pneumáticos. En acercarnos a la casa viumos un jardín cum unas cosas verdes de la mida de una pelota de beisból colgando de las viñas.
—Quén es aquello? —dije.
—Cómo quieres que lo sépiga? —dijo ella—. Calabazas, tal vez, no lo sé.
—Ep, Fran —dije xo—. Tómatelo cum calma.
No dijo nada. Se mordió el labio inferior y després lo dejó estar. Cuando xa éramos a cerca de la casa cerró la radio.
Al jardín había un brezo de infante y, al porxo, se veyan diversas jueguinas. Me aturé a la entrata y paré el motor. Fue aloras cuando oímos aquel chillido tan horrible. A la casa había un neno, de acuerdzo, perón aquel grito era demasiado estridente por ser de un neno.
—Quén ha estado aqueste ruido? —dijo Fran.
Alashoras cayó de un árbrol un objeto grande como un voltor cum una fuerte batida de alas y aterró justo enfrente del cotxe. Se sacudió de valiente. Todo girando su largo cuello hacia al cotxe, levantó la cabeza y nus miró.
—Maledito sigui! —dije.
Estaba allá sedentado cum las manos al volante y observando aquella, cosa.
—Es posible? —dijo Fran—. No había visto nunca un de verdad.
Todos dos sabíamos que era un paón, es claro, perón no lo dijimos ninguno de los dos. Sólo lo mirábamos. El ocello levantó la cabeza enelaire y volvió a hacer aquel chillido estridente. Ahora se había unflado y asemejaba el doble de grande que cuando había aterrado.
—Maledito!— dije oltro gorpe. Nus quedamos onde éramos, sedentados al cotxe.
El ocello avanzó una mija. Després giró la cabeza y se puso en actitut defensiva. Continuaba mirándonos cum su ojo derecho, bordze y brillante. Tenía la cola enelaire y era como un gran abanico abriendo y cerrando. Todos los colores del arcoíris resplendecían en aquella cola.
—Dios mío!— dijo Fran suavemente.
Me puso la mano a la rodilla.
—Maledito!— dije xo.
No había nada más a decir.
El ocello volvió a hacer aquel extraño sonido de lamentación. «Glo-glo-glo glo-glo», hacía. Si hubiés oído aquello a altas horas de la noche y por primera vecz, habría pensado que era alguien que se estaba muriendo o, si no, alguna cosa feréstega y peligrosa.
La puerta principal se abrió y Bud apareció al porxo. Se estaba abrochando la camisa. Llevaba los cabellos remojados. Asemejaba acabado de surtir de la dutxa.
—Calla xa, Joey!— le dijo al paón. Le picó de manos y la cosa se hizo enatrás—. Xa hay bastante. Muy bien, calla! Calla, animal del demonio!
Bud bajó las escaleras. Se iba poniendo bien la camisa mientra se acercaba al cotxe. Llevaba la misma ropa que llevaba siempre por ir a trabajar: tejanos y una camisa de algodón. Xo llevaba los pantalones de vestir y una camisa de manga corta. Los mocasines buenos. Cuando viu como iba vestido Bud, me dio rabia ir tan bien vestido.
—Me alegru que habéis-y encontrado— dijo Bud al llegar al cotxe—. Venid hacia dintro.
—Hola, Bud— dije.
Fran y xo surtimos del cotxe. El paón era una mija más enllá moviendo la cabeza de aparenza mezquina de un lado al oltro. Tuivimos cura de guardar una cierta distancia entre él y nosoltres.
—Habéis tenido algún problema por encontrar la casa?— me dijo Bud.
No había mirado Fran. Estaba esperando que los presentás.
—Buenas orientaciones —le dije—. Ah, Bud, te presentu Fran. Fran, Bud. Ha oído a hablar mucho, de ti, Bud.
Bud rió y encajaron. Fran era más alta que Bud. Bud tenía que mirar hacia arriba.
—Habla mucho de ti —dijo Fran. Enretiró la mano—. Bud eso, Bud aquello oltro. Étes de la única persona de quien habla, de los de allá abajo. Tengo la sensación que xa te conozco.
Fran no perdía de vista el paón. Había avanzado una mija hacia al porxo.
—Es amigo mío —dijo Bud—. Bien ha de hablar de mí.
Després de decir eso, hizo una gañota y me pellizcó el brazo.
Fran continuaba cum la barra de pan a la mano. No sabía pas quén hacer. La dió a Bud.
—Te hemos traído una cosa.
Bud coyió el paquete. Lo abrió y se lo miró como si fués la primera barra de pan que veya a la sua vida.
—Muy amable por parte vuestra.
Alzó el pan y lo ensumó.
—La ha hecho Fran —dije a Bud.
Bud hizo que sí. Després dijo:
—Vamos a dintro y us presentaré la esposa y madre.
Se estaba refiriendo a Olla, seguro. Olla era la única madre que había por allá. Bud me había dicho que sua madre había muerto y que su padre había huido cuando él era petito.
El paón se nos adelantó y botó al porxo cuando Bud abría la puerta. Estaba intentando entrar a la casa.
—Oh— dijo Fran cuando notó que el paón se refregaba contra sua pierna.
—Joey, maledito sigui!— dijo Bud.
Dio un gorpe al caparazón. El paón retrocedió y se sacudió. Las rémiges griñolaban cuando se remenaba. Bud hizo un movimiento como por dar una puntata de pie y el paón se enretiró un xico más. Després sostuvo la puerta por hacernos entrar.
—Ella acostumbra a dejar entrar la maldita béustia a dintro. De aquí a poco tiempo seguro que querrá comer a la mesa y dormir a la cama.
Fran se aturó justo al oltro lado de la puerta. Giró la vista hacia los campos de trigo.
—Tenéis una casa muy bonita —dijo Fran. Bud todavía estaba aguantado la puerta—. No crees, Jack?
—Y tanto— dije xo.
Me había sorpreudido oirle decir aquello.
—Tenere una casa como aquesta no es pas tan bueno como dicen —dijo Bud, todavía aguantando la puerta. Hizo un movimiento amenazador enverso el paón—. Te ayuda a ir tirando. No te aburries nunca. Entrad, entrad, amigos.
—Eh, Bud, quén es aquello que tenéis allá plantado? —le pregunté.
—Son tomátitas— dijo Bud.
—Vaya, hemos topado cum un buen payés —dijo Fran moviendo la cabeza admirativamente.
Bud rió. Entramos a dintro. Una mujer bajita y molsuda cum los cabellos recolectados en una troza nus estaba esperando a la sala. Tenía las manos cruzatas por so del delantal. Los mofletes eran de un vermejo brillante. Primeramente pensé que no podía respirar, o que estaba empipata por alguna cosa. Me echó una mirata y després miró Fran. No de manera poco amistosa sinó mirándola, simplemente. Contemplaba Fran y continuaba enrojolándose.
—Olla, te presentu Fran. Y aqueste es mi amigo Jack. Lo sabes todo de él. Amigos, ella es Olla —dijo Bud a la vez que le daba el pan.
—Quén es eso? —dijo Olla—. Oh, es pan hecho a casa! Bien, gracias. Sedentad onde queréis. Como si fuesis a casa vuestra. Bud, por quén no les preguntas quén quieren beber? Tengo una cosa cociéndose al horno.
Després de decir eso se volvió hacia a la cocina.
—Sedentad, sisplace —dijo Bud.
Fran y xo nos dejamos caer al sofá. Sequé [saqué] las cigarritas.
—Aquí hay un cenicero— dijo Bud todo coyiendo un objeto pesado de encima el televisor—. Haz servir eso— dijo poniendo aquella cosa delante mío, a la mesita.
Era un de aquestos ceniceros de vidrio cum forma de cigne. Encendió la cigarrita, y tiró el lumín por la abertura de la espalda del cigne. Me quedé contemplando el hilito de humo que surtía del cigne.
El televisor en color estaba enchegado y lo contemplamos unos segundos. A la pantalla, unos cotxes bien equipados corrían por una pista a toda velocidad. El comentarista hablaba cum un tono solemne. Perón también hacía la impresión de estar dominando sua emoción.
—Todavía estamos esperando la confirmación oficial— dijo el comentarista.
—Queréis vere eso?— dijo Bud, aún en pie.
Xo dije que me era igual. Y me lo era. Fran arronzó las espallas. «Y a mí quén», asemejaba estar diciendo. «De todas maneras, el día xa está perdido.»
—Quedan sólo unas veinte vueltas —dijo Bud—. Xa falta poco. Enantes ha habido un buen estavellamiento. Media docena de cotxes han quedado destrozados. Algunos conductores han resultado heridos. Todavía no han dicho si están graves o no.
Déjalo puesto —dije—. Podemos verlo.
—Tal vez un de aquestos maleditos cotxes nus explotará al delante —dijo Fran—. O tal vez oltro escometerá contra la tribuna y xafará el noyo que vende aquellas desastrosas salsitxas de Frankfurt.
Se pasó la mano polos cabellos y siguió viendo fijamente la televisión.
Bud la miró por vere si se estaba riendo.
—Aquello oltro, el estavellamiento, sí que era digno de vere. Una cosa ha llevado a la oltra. Cotxes, piezas de cotxes, gente por todo cualquier modo. Bien, quén puedo ofreceros? Tenemos cerveza, y una ampolla de Old Crow.
—Tú quén bebes? —le pregunté, a Bud.
—Cerveza —dijo Bud—. Es buena y fresca.
—Xo también cerveza, doncas— dije xo.
—Xo beberé Old Crow de aqueste cum una mija de agua —dijo Fran—. En un bacín alto, sisplace. Cum hielo. Gracias, Bud.
—Hecho— dijo Bud.
Lanzó oltra mirata al televisor y se fue hacia a la cocina.
Fran me dio un gorpe de codo y aseñaló el televisor cum un movimiento de cabeza.
—Mira allá sobre —me dijo silsilbeando—. Ves el que xo veo?
Miré onde miraba ella. Había un bacín vermejo estrecho en el cual alguien había puesto unas cuantas margaridas. A cerca del bacín, encima unas toallitas de adorno, había un moldo de tiza de una de las dentaduras más torcidas y oscatas del mundo. Aquella cosa tan terrible no tenía labios ni mandíbulas, sólo era un munto de dientes de tiza encastatas en una cosa que asemejaban encías amarillas.
Justo aloras viño Olla cum una launa de fruta seca y una ampolla de cerveza sin alcohol. Puso la launa encima de la mesa, al lado del cigne.
—Servíos. Bud us está preparando las bebidas —dijo.
Se le volvió a enrojolar la cara. Se sedentó en un viejo balancín de mímbret y lo puso en movimiento. Bebía cerveza y miraba la televisión. Bud viño cum una petita zafata de madera cum el bacín de whisky y agua por a Fran, y mía ampolla de cerveza. A la zafata, llevaba-y también una cerveza para él.
Continuará…
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